A pesar de que la difusión de datos fehacientes sobre las ventajas y los inconvenientes de distintos tipos de alimentación ha contribuido a debilitar ciertas creencias, aún persisten algunas. Entre ellas, aunque con una afortunada tendencia a disminuir, se cuenta la de que un niño rollizo es más sano que uno delgado. Pero nada está mas lejos de la verdad, por cuanto la salud de un niño no se mide por su peso sino por su aspecto y por la vitalidad con que se desenvuelve normalmente. El atribuir la salud de un niño a su peso superior al normal no sólo implica
su innecesaria sobrealimentación, con lo cual se le aportan cantidades de
energía superiores a las requeridas por las actividades que suele realizar, sino
también el perjudicial suministro indiscriminado de alimentos con muy alto
contenido de grasas saturadas, con lo que se estará sembrando la semilla cuyo
fruto será la obesidad, en general, para el resto de su vida. El hábito de utilizar la comida con otros fines que los alimentarios se
inicia desde la más tierna infancia, como suele suceder cuando los padres
ofrecen algo de comer al bebé que llora, como elemento disuasorio o como
calmante, aunque el motivo de su llanto no sea el hambre. Así comienza la anulación de la necesidad
fisiológica de comer que, con el tiempo, va convirtiéndose en un mero impulso
social o de autocomplacencia sin sentido racional y que, con más frecuencia de
la que se cree, desemboca en una franca obesidad. LA OBESIDAD INFANTIL La mala alimentación del niño obeso suele ir acompañada de un incentivo escaso o nulo, por parte de la familia, para que practique deportes o ejercicios físicos, lo cual contribuye a que su gasto energético sea inferior al deseable. Los padres que se preocupan por la obesidad de sus niños, aunque sin quererlo suelen ser ellos los causantes, la atribuyen a menudo a supuestos problemas endocrinos. Pero la incidencia de este tipo de trastornos en los casos de obesidad infantil es muy baja, apenas de un 2% Así, se encuentran ante la ingrata tarea de tener que someter a un niño a una dieta para adelgazar. Pero, por extraño que parezca, no suele ser tan difícil. La supresión de las golosinas, los pasteles, los fritos y los embutidos en general no resultará fácil, pero tampoco será imposible, sobre todo si se pone un poco de imaginación en la elaboración de los alimentos sustitutorios. Uno de los remedios fundamentales consiste en convencer al niño de que su obesidad le hace daño y, en la mayor medida posible, acompañarlo tanto en la dieta que deba cumplir como en los ejercicios físicos que deba hacer. La sutileza que empleen los padres en ello será de gran valor, puesto que el niño no sólo debe acostumbrarse al cambio en el aspecto físico sino también en el mental, para lo cual suele estar menos preparado que un adulto. Para compensar la ausencia de alimentos que, aunque nocivos, eran de su
agrado, lo mejor será estimularlo a que practique un deporte que le guste, y
proponerle la realización de ciertas actividades que lo entretengan y lo
gratifiquen, como dar un paseo andando o en bicicleta, compartir con él algún
juego, sugerirle que inicie la colección de algo o llevarlo al cine, a ver un
partido de fútbol o al circo. El dinero adicional que implique el coste de estas
actividades será la mejor inversión que los padres puedan hacer para un futuro
sano para el niño. UNA DIETA INFANTIL ADECUADA Hay ciertas medidas que no sólo ayudarán al niño a consumir una variedad
equilibrada de nutrientes sino también a que adopte hábitos dietéticos adecuados
para alcanzar un futuro más saludable. Una de ellas consiste en acostumbrarlo desde pequeño a comer alimentos
variados, desde una simple patata hervida hasta ensaladas de frutas exóticas.
Las verduras tienen, en general, fama de no gozar del aprecio infantil, pero
cuando están bien combinadas y se presentan de forma atractiva suelen ser bien
aceptadas por los niños. Un plato de espinacas hervidas, sin más, no ejercerá la
misma atracción que un budín de espinacas y huevos, con un toque de queso y
bañado con una salsa ligera de tomates naturales. Otra medida eficaz es la de explicarles para qué sirven los distintos
alimentos, potenciando la salud y el bienestar como meta máxima de toda buena
alimentación. Aun otra, y de mucha importancia, es inculcarle tanto el amor como
el respeto hacia su cuerpo y, de forma complementaria, también hacia el deporte.
Es raro el niño que no quiera crecer y tener un cuerpo fuerte y musculoso que le
permita hacer proezas a los ojos de otros niños y, a la vez, divertirse
utilizándolo con destreza en algún juego. LA DELGADEZ EN LA INFANCIA |
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