LA NUTRICIÓN DEL NIÑO

A pesar de que la difusión de datos fehacientes sobre las ventajas y los inconvenientes de distintos tipos de alimentación ha contribuido a debilitar ciertas creencias, aún persisten algunas. Entre ellas, aunque con una afortunada tendencia a disminuir, se cuenta la de que un niño rollizo es más sano que uno delgado. Pero nada está mas lejos de la verdad, por cuanto la salud de un niño no se mide por su peso sino por su aspecto y por la vitalidad con que se desenvuelve normalmente.

El atribuir la salud de un niño a su peso superior al normal no sólo implica su innecesaria sobrealimentación, con lo cual se le aportan cantidades de energía superiores a las requeridas por las actividades que suele realizar, sino también el perjudicial suministro indiscriminado de alimentos con muy alto contenido de grasas saturadas, con lo que se estará sembrando la semilla cuyo fruto será la obesidad, en general, para el resto de su vida. El hábito de utilizar la comida con otros fines que los alimentarios se inicia desde la más tierna infancia, como suele suceder cuando los padres ofrecen algo de comer al bebé que llora, como elemento disuasorio o como calmante, aunque el motivo de su llanto no sea el hambre. Así comienza la anulación de la necesidad fisiológica de comer que, con el tiempo, va convirtiéndose en un mero impulso social o de autocomplacencia sin sentido racional y que, con más frecuencia de la que se cree, desemboca en una franca obesidad.

LA OBESIDAD INFANTIL
Aunque aún está por determinar si el excesivo tejido adiposo proviene de factores hereditarios o ambientales, o de una combinación de ambos, sí se sabe que los tejidos grasos se forman en la infancia y en los primeros años de la adolescencia y que, una vez instalados, permanecen en el cuerpo para toda la vida. Prueba de ello es que alrededor del 80% de los obesos adultos tiene antecedentes de obesidad durante la infancia. La razón de este fenómeno radica en que, además de contar con un número de células grasas dos o tres veces superior al que tiene un niño de peso adecuado, esas células son, en sí, mucho más grandes que las normales, y su carga de adiposidad es tal que jamás será utilizada por el organismo.

La mala alimentación del niño obeso suele ir acompañada de un incentivo escaso o nulo, por parte de la familia, para que practique deportes o ejercicios físicos, lo cual contribuye a que su gasto energético sea inferior al deseable. Los padres que se preocupan por la obesidad de sus niños, aunque sin quererlo suelen ser ellos los causantes, la atribuyen a menudo a supuestos problemas endocrinos. Pero la incidencia de este tipo de trastornos en los casos de obesidad infantil es muy baja, apenas de un 2% Así, se encuentran ante la ingrata tarea de tener que someter a un niño a una dieta para adelgazar.

Pero, por extraño que parezca, no suele ser tan difícil. La supresión de las golosinas, los pasteles, los fritos y los embutidos en general no resultará fácil, pero tampoco será imposible, sobre todo si se pone un poco de imaginación en la elaboración de los alimentos sustitutorios. Uno de los remedios fundamentales consiste en convencer al niño de que su obesidad le hace daño y, en la mayor medida posible, acompañarlo tanto en la dieta que deba cumplir como en los ejercicios físicos que deba hacer. La sutileza que empleen los padres en ello será de gran valor, puesto que el niño no sólo debe acostumbrarse al cambio en el aspecto físico sino también en el mental, para lo cual suele estar menos preparado que un adulto.

Para compensar la ausencia de alimentos que, aunque nocivos, eran de su agrado, lo mejor será estimularlo a que practique un deporte que le guste, y proponerle la realización de ciertas actividades que lo entretengan y lo gratifiquen, como dar un paseo andando o en bicicleta, compartir con él algún juego, sugerirle que inicie la colección de algo o llevarlo al cine, a ver un partido de fútbol o al circo. El dinero adicional que implique el coste de estas actividades será la mejor inversión que los padres puedan hacer para un futuro sano para el niño.

UNA DIETA INFANTIL ADECUADA
A diferencia de la dieta destinada a un adulto, cuando se elabora la de un niño se deben tener en cuenta dos factores primordiales: las necesidades superiores de proteínas para su adecuado crecimiento y de hidratos de carbono para alimentar el derroche de energía de que suelen hacer gala los niños vitalmente sanos. Así, la nutrición debe incluir alimentos ricos en proteínas, entre los que figuran la carne, el pescado, la leche y sus derivados, los huevos y las leguminosas, y también aquellos que tienen abundantes cantidades de hidratos de carbono, como la miel, el azúcar, el pan, el arroz, las patatas, las legumbres secas y los plátanos.

Hay ciertas medidas que no sólo ayudarán al niño a consumir una variedad equilibrada de nutrientes sino también a que adopte hábitos dietéticos adecuados para alcanzar un futuro más saludable. Una de ellas consiste en acostumbrarlo desde pequeño a comer alimentos variados, desde una simple patata hervida hasta ensaladas de frutas exóticas. Las verduras tienen, en general, fama de no gozar del aprecio infantil, pero cuando están bien combinadas y se presentan de forma atractiva suelen ser bien aceptadas por los niños. Un plato de espinacas hervidas, sin más, no ejercerá la misma atracción que un budín de espinacas y huevos, con un toque de queso y bañado con una salsa ligera de tomates naturales. Otra medida eficaz es la de explicarles para qué sirven los distintos alimentos, potenciando la salud y el bienestar como meta máxima de toda buena alimentación. Aun otra, y de mucha importancia, es inculcarle tanto el amor como el respeto hacia su cuerpo y, de forma complementaria, también hacia el deporte. Es raro el niño que no quiera crecer y tener un cuerpo fuerte y musculoso que le permita hacer proezas a los ojos de otros niños y, a la vez, divertirse utilizándolo con destreza en algún juego.

LA DELGADEZ EN LA INFANCIA
Los niños delgados suelen tener mejor salud que los obesos. Sin embargo, cuando a la delgadez se suman algunas de las características que aquí se enumeran, deberá consultarse al médico, pues pueden ser los primeros síntomas del desarrollo de alguna enfermedad orgánica:
Cansancio frecuente y fácil
Apatía general
Pronunciada intranquilidad
Pérdida prolongada del apetito
Insomnio
Pérdida de peso
Ligera deformación de los huesos

 
Las dietas calóricas

 CANAL SALUD (C)2012