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LAS VIRTUDES DEL AGUA

Las aguas termales son subterráneas y proceden del agua de lluvia que, en esencia, no contiene propiedades especiales cuando se infiltra en el subsuelo. En su camino subterráneo, que dura a veces miles de años, se filtra a través de rocas y materiales sedimentarios, que son los que aportan las sales minerales y los iones que van a definir sus características. La temperatura depende de la presión y la profundidad a que las aguas se encuentren bajo tierra.

Durante su itinerario, las aguas se enriquecen con múltiples substancias orgánicas y elementos químicos, que les confieren propiedades especiales y efectos terapéuticos para la salud de las personas, con excelentes resultados en el tratamiento de dolencias de naturaleza crónica. Facilitan la eliminación de toxinas y la absorción de nutrientes a través de la piel, aportan elementos revitalizantes y ayudan a combatir patologías como el reumatismo, la artritis y las afecciones renales, estomacales, respiratorias o funcionales. Las propiedades curativas de estas aguas se deben a las sustancias que llevan disueltas, entre ellas diversas sales minerales que contienen magnesio, hierro, calcio (fundamental para la estructura ósea y el riego sanguíneo), potasio (presente en las transmisiones entre los centros nerviosos y motores), sodio (que interviene en los procesos hormonales y enzimáticos), así como silicio, beneficioso para las afecciones cutáneas.

Junto a los tratamientos de la medicina moderna o alopática existen terapias complementarias basadas en la crenoterapia (aguas termales), en las que no intervienen costosos aparatos ni complejos medicamentos. Un tratamiento adecuado con aguas termales puede hacer que pacientes con afecciones reumáticas, traumatismos, psoriasis o trastornos posoperatorios reduzcan al mínimo la dosis de medicamentos. Del mismo modo que se pueden demostrar los efectos beneficiosos de la medicina natural, también son comprobables los de las aguas termales, ya sean éstas ingeridas, inhaladas o aplicadas en forma de baños, hidromasaje, chorros o lodos. Pero para que un manantial pueda ser efectivamente considerado balneario o estación termal, es imprescindible que sus aguas mineromedicinales hayan recibido previamente la declaración De Utilidad Pública. Otros requisitos son que debe contar con un servicio médico facultativo y con el equipamiento y las instalaciones técnico-sanitarias necesarias para la correcta administración de las terapias y los tratamientos que se prescriban.

Por lo común, se consideran aguas termales aquellas que afloran a más de 4 °C sobre la temperatura ambiente. Como productos específicos de sus correspondientes manantiales, al respecto de dichas aguas se deben observar unas normas relativas a la permanencia y estabilidad de su composición, a fin de que conserven su pureza original sin sufrir ninguna alteración física o química. En función de la temperatura emergente podemos clasificarlas de la siguiente manera:
Aguas frías: se denominan así las aguas minerales naturales que manan a una temperatura inferior a los 20 °C.
Aguas templadas: son las que manan a temperaturas entre los 20 y los 30 °C.
Aguas termales: las aguas termales propiamente dichas son las que manan a temperaturas entre los 30 y los 40 °C.
Aguas hipertermales: son aquellas que manan a temperaturas por encima de los 40 °C.

 
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