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LAS CARNES Pese a que todavía es elevado el consumo de carne en los países occidentales, con las campañas informativas sobre los perjuicios que su ingestión excesiva puede causar se ha logrado que comience a modificarse el hábito de incluirla en la dieta diaria. Hasta no hace muchos años, se consideraba que la ingestión de carne era indispensable para que el organismo recibiera el aporte proteico necesario. En la actualidad, sin embargo, y gracias a los adelantos científicos que ha habido en el campo de la nutrición, se sabe que las proteínas, compuestas todas por aminoácidos, se encuentran también en otros productos no cárnicos y menos grasos. Así, por ejemplo, de una adecuada combinación de trigo y judías puede obtenerse el mismo valor proteico que de la carne vacuna, con la evidente ventaja de que tienen mucha menos grasas. También se sabe hoy que, de todas las carnes de consumo habitual en el mundo occidental, la menos nociva por tener una menor proporción de grasas es la de las aves de corral —pollo, gallina, pavo— cuyo consumo en Europa, afortunadamente, ha aumentado hasta más que doblarse en los últimos cincuenta años. No obstante, en ningún caso debe consumirse carne de forma abusiva, cualquiera que sea su origen. La causa reside en que, en la degradación de las proteínas en aminoácidos, con frecuencia se produce la purina, un compuesto del cual deriva, entre otras sustancias, el ácido úrico. Si el contenido de este ácido en la sangre es alto, puede resultar afectada la función biológica de los riñones y producirse ciertas enfermedades, como la uremia, la nefrosis y la nefritis. LA CARNE DE CABALLO, DE BUEY, VACA Y TERNERA |
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